CON TORMENTA SE DUERME MEJOR. Un documental en vivo, 2009.

Entre 2006 y 2010 participé junto a Natalia Martirena, Marcelo Díaz y el equipo de Ferrowhite (museo taller), del proyecto de teatro documental Archivo White, en el que trabajadores del ferrocarril y el puerto de Ingeniero White llevaron sus vidas a escena en las salas museo. “Con tormenta se duerme mejor” fue la tercera obra del proyecto, protagonizada por Marcelo Bustos, marinero en buques de pesca de altura.

CALADERO

1.

La función de teatro que preparamos dura lo que cualquiera de nosotros aguantaría arriba del barco en el que trabaja su protagonista. Siendo optimistas, más o menos media hora. Cada ensayo de esta obra puede convertirse entonces en una lección de supervivencia, en la que el actor aprendiz termina instruyendo a la directora y a sus improvisados asistentes en los yeites de un oficio que ni siquiera imaginan. Supongamos ahora que ustedes, espectadores en potencia, son también ya, en cierto modo, futuros discípulos de Marcelo. Y que yo, como un buen compañero, quiero contarles lo que aprendí hasta acá.

Arranquemos, si les parece, por el principio: no todos los pesqueros son iguales. Las embarcaciones se distinguen, por ejemplo, de acuerdo a su tamaño y correlativa autonomía para navegar. Las hay costeras, de media altura y de altura, en función de cuán lejos se internan en el océano. Otra clasificación, divide a los barcos según el arte de pesca que utilizan. Los hay cerqueros, palangreros, poteros, tangoneros o arrastreros, dependiendo del equipo y el método que empleen para la captura. Finalmente, los buques pueden identificarse en función de lo que hacen con lo que pescan. En este punto, hay que distinguir a los fresqueros de los congeladores y a estos de los factoría. Los primeros desembarcan el pescado fresco, con hielo, para que sea procesado en tierra. Los segundos congelan lo que capturan, a temperaturas inferiores a los 20º bajo cero. Los buques factoría, por último, están equipados para limpiar, eviscerar y filetear el pescado a bordo, que suelen congelar a menos de 40º bajo cero, lo que les permite permanecer más tiempo en el mar en busca de los mejores caladeros. ¿Y qué clase de nave es el pesquero en el que Marcelo trabaja? El “Lubina”* es un buque de altura, equipado con redes de arrastre. Es decir, un predador de porte, que esconde bajo su cubierta una planta frigorífica completa.

Lubina es el nombre de un pez que nadie vio jamás por estas aguas, una especie “foránea”, característica del Mar Cantábrico. Digamos que la cabeza puntiaguda de este animalito apunta, por un lado, en dirección a los sobreexplotados mares de la península ibérica, en tanto su cola señala, por el otro, hacia los convenios que el gobierno de Menem firmó con la Unión Europea para permitir el ingreso masivo de congeladores y factorías de capital extranjero o mixto allá por 1994. A cambio de contribuciones financieras y algunas rebajas arancelarias, los españoles supieron ahogar la crisis de su industria pesquera en las generosas aguas de nuestra plataforma submarina. Lejano 1994 que nada eh, pero nada, tiene que ver con lo que pasa por aquí hoy.

2.

Hay buques que persiguen una sola especie. “Todos -explica Marcelo- quisiéramos estar arriba de uno de esos”. El Lubina, en cambio, es de los que va por todas. Merluza hubbsi, merluza negra y de cola, abadejo, austral y polaca, brótola, raya y calamar, marujito, pampanito y saborín. Nada se salva, ni siquiera lo que nada vale. Lo que no se procesa se devuelve muerto al océano. La red, ese término amable que engalana nuestro imaginario conectivo y progresista, corresponde, allí donde los celulares pierden señal, a un arma de destrucción masiva. Uno solo de los estrobos de la red (y tiene diez) captura de un solo saque una cantidad de pescado equivalente al volúmen del escenario en el que esta obra tiene lugar. Eso es mucho pero mucho pescado.

La estrecha trama de las redes del Lubina ha sido tejida a la luz de sus amplísimas bodegas. Entre un extremo y el otro, entre la red y el congelador, están las bachas, las cintas transportadoras y los ductos, el mecanismo de acero inoxidable que a veces semeja el tubo digestivo de un animal fabuloso, la línea de montaje a través de la cual el cardumen se convierte en producto, y los tripulantes en operarios.

“Nosotros, ponele, si entramos a las 6 de la mañana a trabajar, terminamos nuestro turno a las 6 de la tarde. A esa hora se come, mientras entra la otra guardia. Entre que comiste y te bañaste, perdés una hora, así que te quedan 4 o 5 para dormir. A las 11 de la noche te levantan y a las 12 entrás devuelta a trabajar hasta las 12 del mediodía del día siguiente? son 12 horas por seis, en un día digamos que laburás dos veces.”

La línea de (des)montaje es una línea de tiempo. El anodino instrumento de una profesora del secundario aplicado a algo más rentable que la enseñanza del pasado. La línea es un arpón lógico que engarza cada gesto en una secuencia de causa y efecto. ¿No fue su inventor el que patentó también esa frase fuerza: “la Historia es una patraña”?

3.

De día o de noche, con brisa o con tormenta, la red se levanta y se vuelve a arrojar, puntual, cada cuatro horas. Lo que sigue es una carrera contra reloj. El apretado montón que por un instante levita en el aire salado de cubierta, cae de golpe a los pozos. Allí lo reciben Martín, Petaca, Corazón y Marcelo. Imagínenlos pegando manotazos con el agua hasta las rodillas: pescado grande por un lado, chico por el otro, hubssi para filet aparte, y lo que no sirve al agua. Sus delantales de hule se van cubriendo de escamas hasta que al final, son tres criaturas plateadas que ríen y se insultan, exhaustas.

En la nave carnicera no hay trabajos peores, opina Marcelo, porque todos en cierta forma lo son. Una cinta metálica que se bifurca, enrula y vuelve unir, transporta el pescado de las bachas poceras al cortacabezas, del cortacabezas al cortacolas, y de ahí al “lavarropas”, como por un tobogán, hasta tocar, agrupados por tamaño y especie en sepulcros de cartón, el fondo nevado del buque, ahí donde espera el tunelero, con su traje de frío. En el medio, hay muchas manos jugando a la ruleta rusa con el filo de las sierras. La lógica de funcionamiento de la factoría flotante rompe el lazo entre lo previsible y lo evitable. El accidente va a suceder. Está en todos los cálculos. En el del patrón cuando contrata a sus abogados. En el de la ley cuando dicta que un brazo derecho vale más que uno izquierdo (no importa si sos zurdo), pero también, en el del peón de bodega que se saca un guante y deja que su mano se congele, para después pedirle con calma a un compañero que le sacuda una caja encima.

Hace varios meses que Marcelo vive en tierra. Y no en razón de esta obra, sino porque durante su último viaje el cabo suelto de una red de arrastre casi le arranca un dedo que ahora le cuesta volver a mover. La chance de verlo contar su trabajo en escena deriva de esa circunstancia laboral límite que puede llegar a resultar, sin embargo, algo que, luego de varias semanas embarcados, algunos compañeros esperan con ansiedad:

“Cuando alguien se accidenta, y eso pasa por marea más de una vez, nos ponemos todos mal, pero también un poco contentos, porque el capitán tiene que arrimarse a la costa para que venga prefectura y se lleve al herido. Entonces sabemos que por un rato los celulares vuelven a tener señal y podemos llamar a casa…”

Cada temporada en alta mar dura lo que la tripulación de 50 operarios tarda en llenar a tope las bodegas glaciales del buque. Si todo va bien, la marea no pasa de los dos meses. ¿Cuánto tiempo se mantendrá esta obra en cartel? Lo que la ART tarde en reconocer el tratamiento que a Marcelo le corresponde, lo que dure el dolor en el pulgar de su mano izquierda, lo que alcance la plata que pudo juntar hasta acá.

4.

“Si no tenés vicios, con lo que sacás en cinco o seis mareas podés zafar, armar algo, poner un negocito”. Difícil encontrar alguien arriba del buque que no crea una verdadera suerte estar en él. “Mi sueño es volver a embarcar” dice Marcelo, y lo repite en escena, en cada ensayo, porque es en serio, porque de verdad es lo que quiere. ¿Somos capaces de atender a las razones de Marcelo y de sus compañeros, de ver en ellos otra cosa que simples víctimas de un orden de explotación salvaje, de establecer algún tipo de lazo entre su situación laboral y nuestra condición de asalariados municipales de clase media? La escena teatral también es una balsa de salvataje con la que intentar zafar del naufragio de nuestros prejuicios bienpensantes.

Cuando entra la guardia siguiente, el pescado que trajo la red hace apenas unas horas está listo para ser vendido a Europa sin haber siquiera tocado la tierra. En cubierta, un pibe que no cumplió los 18 aprovecha lo que tal vez sea el atardecer para grabar con su celular nuevo un mensaje para su novia. Pero no será el balsámico rumor del agua lo que se escuche en la filmación, como banda sonora de sus promesas, sino el ruido del motor que acciona el movimiento perpetuo de la cinta. El mismo sonido que atesta la cocina y el comedor, y cambia en los camarotes los mejores sueños por pesadillas. “En el vientre de la ballena, Jonás sueña con el ruido del mar”. En una litera del Lubina, Marcelo Bustos sueña que trabaja.

 

* El barco, en realidad, lleva el nombre de otra especie marina, de similares características y proveniencia, que con Marcelo acordamos mantener en reserva, para evitarle problemas con sus patrones.

Archivo White, 16 de noviembre de 2009.