EL ARCA OBRERA. Dispositivo de escape en caso de accidente. Ferrowhite (museo taller), 2012.

El Arca Obrera es una balsa diseñada y construida en Ferrowhite (museo taller). Está hecha con 61 bidones plásticos en desuso, amarrados entre sí por tiras de polietileno. El agua que falta en los bidones falta en nuestra ciudad, el plástico del que están hechos sobra, ya que el agua es uno de los principales insumos y el plástico el principal producto del polo petroquímico que cerca nuestras costas.

El Arca Obrera es un vehículo para capear, con algo de humor, los problemas que vuelven poco “sustentable” la vida en este puerto. Resulta de la tarea asociada del equipo del museo junto a Roberto Orzali, Luis Leiva, Roberto Conte y Angel Caputo, trabajadores del mar. Tal vez la pregunta implícita en el proceso de su construcción y uso es qué tipo de lazos somos capaces de tramar en el disenso, toda vez que de mantenernos unidos depende seguir a flote.

NAVEGAR SIN TEMOR

No, en Ferrowhite no estamos acumulando reservas de agua alertados por algún pronóstico de guerra mundial inminente. Tampoco es que nos dio mucha sed y decidimos saciarla de una buena vez y para siempre. En realidad el agua del dispenser sí se acabó, pero los recipientes plásticos de la foto, todos vacíos, no vienen a solucionar ese pequeño inconveniente. Están acá para otra cosa. Y desde ya, les vamos anticipando, son tan caros a esta institución como un reloj de roble o una campana de bronce. Porque en este museo los objetos valen en tanto materializan vínculos, en tanto son, por ejemplo, punto de partida o de llegada de esa relación social tan fundamental como problemática que es el trabajo. Razón por la cual, digamos de paso, a pesar de sus normas de inventario y de su depósito con deshumidificadores, tal vez este museo no tenga una “colección”, si con este término se alude a un orden autosuficiente, en el que las cosas se relacionan con las cosas, al margen de los acontecimientos pasados y presentes.

¿Y entonces con los bidones qué? Con los bidones vamos a flotar. Ese es nuestro sueño para una de estas noches de verano. A flotar mi amor, cantando como se nos canta, vamos a flotar. No hace falta que sea muy lejos. Flotar por acá nomás, con todo lo que eso hoy por hoy implica. Flotar como ellos en esta foto.


Ahí está Atilio Miglianelli, más joven de lo que lo conocimos, tan pensativo como se lo veía a veces, y están sus compañeros del equipo de buceo de la usina General San Martín, posando para la posteridad sobre una balsa hecha con palets de madera y tambores de aceite, justo acá a la vuelta, en proximidades de lo que para nosotros es La Rambla de Arrieta pero para ellos era “la marea del castillo”. La foto la trajo Angel Caputo y, desde aquel día, la idea fue madurando en la acalorada cabeza de nuestro compañero Guillermo Beluzo. ¿Cómo sería esa balsa hoy? se preguntaba Guillermo, a la hora del primer mate, mientras calzaba la boca del termo en el pico del dispenser. Hasta que una mañana de verano apareció con este dibujo:

Fue entonces que nos preguntamos: ¿Pero bidones por qué? Nuestras respuestas solo pueden asumir la forma de un diálogo solemne:

- Porque el cilindro constituye un elemento formal dominante en el paisaje que nos rodea. Vean, si no, las plantas de silos de Toepfer, Bunge, Dreyfus, Cargill.
- Porque tanto el suministro y la calidad del agua potable que portan -liquido que, por cierto, representa un insumo crítico en la producción local del plástico a partir del cual están hechos-, como el destino de las aguas de la ría que estos envases van a surcar, se encuentran en el centro álgido de las preocupaciones públicas bahienses.
- Porque el problema del agua ya existía, aunque en otros términos, hace más de un siglo, teniendo en cuenta este informe del año 1897, en el que el Ingeniero Julio B. Figueroa reporta la frecuente contaminación de las aguas de pozo, así como lamenta que las perforaciones realizadas por el Ferrocarril Sud, siendo más apropiadas, tuvieran “por fin principal la alimentación de las máquinas locomotoras”.
- Porque aquellos municipales que planeamos llevarnos a la playa los libros de Laclau, no podemos dejar de ver en tantos bidones el juego indecidible entre “significantes vacíos” y “significantes flotantes” en el que consiste la política.
- Porque no tenemos un mango, y los envases pinchados te los regalan.

Como se ve, el recipiente es puro contenido.




Acaso el adjetivo “autónomo” señala no tanto, o no solo, la relativa independencia de este puerto con respecto al Estado que fue su administrador pleno hasta 1993, como su progresivo aislamiento de la población que levantó sus cimientos, trabajó en él y disfrutó de sus costas ahí donde se pudo. ¿No es esa autonomía, establecida en relación con el orden local, el correlato de una mayor dependencia con respecto a las normativas y vaivenes del comercio global?

Los perímetros alambrados, la audacia de quienes los traspasan a pesar de todo, convierten a la costa de Bahía Blanca en un extraño territorio de frontera. Linde vallado que no separa a un país de otro, sino a los habitantes de un mismo lugar según tengan o no que ver con los enclaves locales a través de los que empresas de capital extranjero almacenan y despachan granos, producen polietileno o urea, eslabonando un sistema de producción que da impulso, pero al mismo tiempo parece fijar rasgos y límites al crecimiento y la distribución de la riqueza.

Juan Carlos Alesoni nació en las colonias ferroviarias que existían debajo del puente La Niña, a metros del sitio en el que grabamos el videíto que pueden ver un par de párrafos más arriba. Para el niño Juan Carlos, las vías y los elevadores, la usina y su taller, todo este lugar hasta donde la vista alcanza, formaban parte de su “patio”. El patio de la “colonia”, esa casa prestada por la empresa ferroviaria estatal que sus viejos, aunque ahora cueste entenderlo, sintieron siempre como propia.

A diferencia de Alesoni padre, quien trabajó casi toda su vida en la playa de maniobras de Ingeniero White, la historia laboral de Juan Carlos –que es parte de la de la Argentina de estos últimos cuarenta años-, lo ha llevado de un lado para el otro. Fue puestero en el viejo Mercado de Abasto de calle Aguado, operario en una fábrica de fideos, ordenanza en La Nueva Provincia, chofer de camiones para YPF y de colectivos para las compañías Coronel Ramón Estomba y La Unión. Hoy es sereno en el molino harinero de Puerto Galván, actual propiedad de la empresa de agronegocios Los Grobo. Juan Carlos ha vuelto a pasar así la mayor parte de su tiempo cerca de las aguas de la ría, a pesar de que una de sus obligaciones presentes consista en impedir que alguien no autorizado por la compañía llegue hasta ellas.


Ferrowhite se define como un museo que además de exhibir objetos los produce. Y no de cualquier manera. Ferrowhite produce implicando en esa producción a algunos trabajadores de este puerto. Laburantes que llevan adelante en este lugar actividades que derivan pero al mismo tiempo están más allá, o más acá, tanto de las habilidades pulidas a lo largo de su vida laboral, como de las rutinas que la industria de la cultura (o sea, del consumo) programa para sus ratos libres. Quienes de una u otra forma participamos de este museo nos valemos de nuestro quehacer para preguntar, a la luz de la historia de este, nuestro lugar en el mundo, cómo se reparten los beneficios y los perjuicios engendrados por el modelo productivo impuesto en la zona. El Arca Obrera es eso. La posibilidad de pensar estas cuestiones mientras te tomás una cerveza hamacado por el vaivén del mar.

Una versión previa de este texto fue publicada en Museo Taller el 16 de enero de 2012.