¡VAMOS A LA PLAYA! Ferrowhite (museo taller), 2009/2012.

 

PLAYA Y PUEBLO

El 8 de enero de 2011, el diario La Nueva Provincia anunció la decisión del Consorcio de Gestión del Puerto de Bahía Blanca de realizar un nuevo dragado en el canal principal de la ría y de utilizar el material extraído del fondo del estuario para rellenar, entre otros sectores, la franja de marisma y cangrejal que rodea al castillo, es decir, ese lugar que en Ferrowhite comenzamos a llamar la Rambla de Arrieta, pero quienes viven en Ingeniero White conocían, desde mucho antes, como “el balneario” o “la playita” de la usina.

“El refulado –dice el diario- será empleado para construir una tercera posta de inflamables [en Puerto Galván] y para ganarle terreno al mar, con destino a nuevas industrias, en el sector de la antigua usina San Martín” ya que, continúa, “con ese material se tornarían utilizables allí, entre 15 y 20 hectáreas, las cuales se destinarán a futuros emprendimientos industriales”. No deja de ser curioso el lenguaje con el que se cuentan estas noticias. “Tornar utilizable” implica, en realidad, restringir los posibles usos del sector a un único uso que prioriza, una vez más, el interés privado por encima del público. “Ganarle terreno al mar” significa, en primer término, ganárselo a los vecinos.

La ribera del castillo es quizá la última zona urbanizada a través de la cual aún es posible un acceso franco a las aguas de este puerto. Un sitio privilegiado para aprehender la magnitud y complejidad de los procesos que en esas aguas a diario suceden. Un lugar para mirar el mar y todo lo que en el mar interactúa: agua y amoníaco, buques gaseros y canoas de pesca, soja y salicornia, dragas holandesas y cangrejos cavadores, aves migratorias y commodities, muelle y -no nos quitemos del cuadro- museo… un lugar que ahora está a punto de ser sepultado.

ARCHIVOS DE UN SUEÑO OBRERO

Hace algún tiempo encontramos este dibujo:

La imagen muestra un gran balneario que en los años treinta el intendente socialista Agustín de Arrieta proyectó exactamente en esta zona del puerto. Fue a partir de esa suerte de postal de un futuro que no fue que empezamos a imaginar la Rambla de Arrieta. Bajo ese nombre el museo propone la recuperación comunitaria del frente marítimo de la usina para su conversión en un paseo popular, al mismo tiempo área de esparcimiento y mirador de un paisaje en el que flora, fauna, capital y trabajo no pueden entenderse por separado.

Arrieta no concretó su idea, pero un repaso a la documentación recopilada en nuestro archivo permite certificar la persistencia tenaz de aquel sueño. En 1943, se crea la Comisión Ejecutiva “Pro Construcción del Balneario regional”, integrada por asociaciones civiles y profesionales, clubes y sindicatos. En 1961, la Sociedad de Fomento de Ingeniero White impulsa desde su boletín la realización de un proyecto similar, que ese mismo año es presentado ante la legislatura de la Provincia de Buenos Aires por los senadores Baeza y Goyarzú. En 1968, los vecinos de Ingeniero White reiteran el pedido en una nota elevada al intendente el 31 de julio. Con variantes, las iniciativas se repiten. En 2001, la Universidad Tecnológica Nacional formula un proyecto de uso integrado del castillo y su frente marítimo. Hace apenas tres años, María Elena Súttora propone desde la Dirección de Planeamiento Urbano de la Municipalidad declarar el área Zona de Reserva de Interés Urbano. Tal como señalaba el texto presentado ante la Cámara de Senadores en el 61: “En la plataforma municipal de todos los partidos políticos figura, en cada elección, entre las obras públicas a realizar, la construcción de un balneario, que siempre queda postergado.”

Pero los balnearios que nunca se construyeron fueron materializados en la práctica por el ingenio de generaciones de whitenses y bahienses que llegaron hasta estas costas para inventar allí sus “paraísos de barro”. Porque si este lugar está lleno de laburantes, también lo está de expertos en pasarla bien. Toda una ciencia pagana del disfrute que en su estudio minucioso de las particularidades de cada sitio desafía los estereotipos zonzos del ocio y el consumo. El balneario de la usina fue por décadas una costumbre de los vecinos del Bulevar. Una creación cotidiana que incluía convertir el canal de salida del agua utilizada para refrigerar la central térmica, en una enorme pileta climatizada. Pregúntenle a Lili Torres, a Ida Moamé, a María Gabriela Fernández, a Juan Carlos Alesoni. No les van a contar de los remotos años treinta, sino del sol que tomaban acá, de los sándwiches de mortadela que comían, de los chapuzones que se daban hasta bien entrados los años setenta, momento en que empezó a construirse la central Piedra Buena. Escucharlos no es un acto de nostalgia, es asumir que la misma historia que nos ayuda a comprender por qué White ha llegado a ser como es, nos permite imaginar que las cosas fueron y por tanto pueden ser de otra manera.

YO VISITÉ LA RAMBLA DE ARRIETA (Y CASI ME BAÑÉ)

La Rambla de Arrieta se propone como un espacio de colaboración entre alumnos de escuelas, vecinos y ex trabajadores que permita diseñar colectivamente un paseo con vista a la ría. La idea es afianzar el puente entre la imaginación de los chicos, la memoria de los más grandes y el “saber hacer” de los trabajadores ferroviarios y portuarios que se acercan al museo. Se trata, en principio, de responder a preguntas simples: ¿Cómo sería ese paseo? ¿Qué usos tendría? ¿Y qué aspecto? Preguntas que no podemos contestar sin tener en cuenta otras: ¿Qué se hacía en este lugar antes de que silos y chimeneas lo ocuparan casi por completo? ¿Cómo se vivirá en este puerto dentro de 10, 20, 100 años? Interrogantes que apuntan a implicar pasado y futuro como puntos de apoyo para una intervención sobre la realidad presente.

La iniciativa recibió en 2008 una mención en el concurso internacional “Somos Patrimonio” organizado por el “Convenio Andrés Bello”, pero más importante que los reconocimientos honoríficos, es lo que ha sido posible hacer hasta acá, como siempre, con lo que se tiene a mano. Bailamos acá. Trajimos mesas y sillas. Pollo y cerveza. Llenamos con humo de chorizo la noche del puerto trasnacional. En pleno “conflicto del campo” imprimimos un cartel que dice: Estamos con el mar. Lo ven desde el puente. También fabricamos postales falsas, bolsos de playa y posavasos, souvenires de lucha del Subcomandante Reynaldo. En este lugar, las chicas y chicos del taller de la tarde armaron su propia “cortina forestal”, una que en lugar de tapar, le pone marco el paisaje: flores fabricadas con todas las botellas de pvc que andan tiradas por este puerto, camalotes plásticos tan indiferentes a la sospechosa calidad del agua del estuario, como capaces de aguantar mil años de sequía. Cada tanto en este sitio montamos un escenario, invitamos bandas amigas, y cuando eso sucede, no podemos parar de cranear el megaevento por el que seremos recordados para siempre: “ROCK IN RÍA”. Un día, a nuestro compañero municipal Rodolfo Díaz se le ocurrió empezar a fotografiar cada una de las especies de pájaros que viven en este humedal. Animalitos con nombres alados como “brasita de fuego” o “picabuey”. Aves migratorias como el chorlito o el pato capuchino que llegan desde otros cielos para anidar a la sombra de las pirámides de Toepfer, Bunge o Cargill, esas dinastías del agronegocio que también alguna vez llegaron desde lejos y ahora despachan buques repletos, grandes como ciudades, pero solitarios como pueblos fantasmas.

PALAS TOPADORAS VS. PINZAS DE CANGREJO

¿Sombrillas frente a silos y chimeneas? ¿Avistaje de aves entre nubes de granza? ¿Olor a asado llegando hasta la cubierta de un bull carrier?, en fin, ¿Una rambla justo acá? Sí, porque lo que esa rambla cuestiona es justamente aquella concepción que divide al saber en áreas rígidas de competencia, y a nuestra experiencia de la ciudad en zonas de confinamiento. Una idea de las cosas que tiene por correlato material inmediato el progresivo parcelamiento de Bahía Blanca en sectores definidos por una única función divorciada de su contexto: acá una reserva natural en la que hacemos de cuenta que esas industrias que están en frente no existen, allá museos en donde si se habla de los trabajadores y sus reivindicaciones, mejor pensar que se trata del pasado. Acá una costa cercada con alambre de púa y en el extremo opuesto, los ambientes climatizados del hipermercado, el shopping o el “mall” donde los que pueden, o sea, los que tienen, corren a encerrarse los días de calor.

Lo que nos preguntamos desde esta rambla, cómodamente sentados en reposeras que trajimos de casa, mientras el sol se va y saludamos a lo lejos a los guardias de Toepfer, gente que a esta altura ya nos conoce, y vemos asomar en el horizonte la proa roja del Excelerate llegando otra vez hasta nosotros con su carga de gas tropical, es si tal concepción de la ciudad, más allá de las supuestas virtudes funcionales, colabora en atenuar las ostensibles divisiones sociales que existen entre sus habitantes o si, por el contrario, las genera.

Porque lo que las nuevas obras de dragado “profundizan” no es solo el canal principal de la ría, también la separación entre un puerto y un pueblo que, habiendo crecido juntos, hoy apenas parecen compartir el nombre. Lo que con ellas se busca “ensanchar” a cualquier costo, es el margen de ganancia de enclaves cuya prosperidad, dado el carácter altamente automatizado de su actividad, lejos está de suponer –en serio, muchachos, no importa cuántas pymes subcontratadas cuenten-, la de la gran mayoría de la población.

La Rambla de Arrieta es quizás nuestra última oportunidad de abrir una brecha en el cinturón de concreto que ciñe la costa de Ingeniero White. Pero su desaparición no es solo un problema de los whitenses, sino de Bahía en su conjunto. Hijos, nietos o bisnietos de inmigrantes que llegaron hasta este país a través del océano, caminamos por esta ciudad como quien recorre Santa Rosa o Alta Gracia. No solo, como se suele decir, Bahía no mira el mar: incluso hace de cuenta que no existe, como si todos esos cargueros taiwaneses, iraníes y chinos hubieran atravesado el desierto sobre carretones para llegar hasta acá. La Rambla de Arrieta no es un delirio, a menos que aceptemos que nuestras expectativas de vivir dignamente lo son. El delirio es adoptar como principio de realidad el interés exclusivo de quienes se preparan para hacer con ella grandes negocios.

Museo taller, 18 de febrero de 2011.